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La ansiedad en la época del peligro imaginario
Ansiedad Tiempo de lectura: 5 min.

La ansiedad en la época del peligro imaginario

Vivimos en una época extraña: nunca antes la humanidad estuvo tan protegida y, sin embargo, nunca antes estuvo tan asustada. La mayoría de las personas duerme bajo un techo, tiene acceso a comida, atención médica y tecnología, pero aun así su cuerpo vive como si estuviera constantemente en peligro. El corazón se acelera, el pecho se cierra, la respiración se vuelve superficial, la mente no se detiene. La ansiedad se ha vuelto una experiencia cotidiana, casi normalizada, como si fuera el precio inevitable de vivir en el mundo actual.

La pregunta que surge es inevitable: ¿de qué huimos hoy? ¿Qué peligros estamos enfrentando realmente? Porque, a diferencia de otros momentos de la historia humana, el enemigo ya no suele ser un depredador, ni el frío extremo, ni el hambre inmediata. El peligro parece haberse desplazado del mundo externo concreto al mundo interno e imaginario. Y el cuerpo, que no distingue con claridad entre una amenaza real y una amenaza simbólica, reacciona con la misma intensidad ante ambas.

Bases biológicas y evolutivas

Desde el punto de vista biológico y evolutivo, el sistema del miedo es una obra maestra. A lo largo de millones de años, nuestro sistema nervioso se fue afinando para detectar peligros rápidamente y activar respuestas automáticas de supervivencia. Frente a una amenaza, el sistema nervioso simpático entra en acción: aumenta la frecuencia cardíaca, se libera adrenalina y cortisol, la sangre se dirige a los músculos, se inhiben funciones como la digestión y el descanso. Todo el organismo se prepara para luchar, huir o quedarse paralizado (fight, flight or freeze).

Este mecanismo fue diseñado para situaciones puntuales, intensas y breves. El problema es que hoy ese sistema se activa no frente a un león, sino frente a un examen, una entrevista laboral, una cita, un mensaje que no llega, una comparación en redes sociales o una idea anticipatoria sobre un futuro incierto. El cerebro interpreta estas situaciones como amenazas a la supervivencia simbólica: al valor personal, a la pertenencia, al reconocimiento, al amor, al éxito.

El papel de la amígdala

A nivel neuropsicológico, la amígdala cumple un rol central. Es una estructura encargada de detectar peligros y activar la respuesta de alarma. Cuando la amígdala percibe amenaza, secuestra recursos del córtex prefrontal, la zona más racional y reflexiva del cerebro. Por eso, en estados de ansiedad intensa, pensar con claridad se vuelve difícil: el cerebro está en modo supervivencia, no en modo reflexión. El problema no es la amígdala en sí, sino su hiperactivación constante en un entorno que bombardea al individuo con mensajes de exigencia, comparación y urgencia.

Sociedad contemporánea y autoestima

La sociedad contemporánea es, en muchos sentidos, una sociedad amenazante. No porque el mundo sea objetivamente más peligroso, sino porque el ideal al que se nos invita a llegar es inalcanzable. Hay que rendir bien, destacarse, tener éxito, ser atractivo, productivo, feliz, interesante, y además mostrarlo. Las redes sociales funcionan como un escaparate permanente donde se exhiben versiones editadas de la vida, generando la ilusión de que los otros viven mejor, logran más y sufren menos. La comparación constante erosiona la autoestima y activa el miedo a no estar a la altura.

El factor tiempo

Desde lo psíquico, la ansiedad se alimenta del tiempo. Vive en el pasado y en el futuro, pero rara vez en el presente. En el pasado, se manifiesta como rumiación: repasamos una y otra vez lo que salió mal, lo que dijimos, lo que podríamos haber hecho distinto. En el futuro, aparece como anticipación catastrófica: todo lo que puede salir mal, todo lo que podría perderse, todo lo que podría fallar. El presente, que es el único momento real y habitable, queda desatendido.

Consecuencias del estado de alerta

Conductualmente, este estado de alerta constante tiene consecuencias claras. Dormimos mal, estamos irritables, evitamos situaciones, posterגamos decisiones, nos aislamos o nos sobrecargamos. El cuerpo nunca termina de descansar porque el sistema nervioso no recibe la señal de seguridad. Incluso en casa, bajo una manta, en un lugar objetivamente seguro, el organismo sigue funcionando como si estuviera en territorio hostil. La mente cuenta una historia de peligro y el cuerpo la cree.

Con el tiempo, este uso crónico del sistema del miedo se vuelve dañino. El cortisol sostenido afecta al sistema inmunológico, al sueño, a la memoria, al estado de ánimo. Lo que nació para cuidarnos termina desgastándonos. El guardián se convierte en carcelero. Y la persona comienza a vivir no desde el deseo, la curiosidad o el disfrute, sino desde la evitación del peligro.

Propuestas terapéuticas: volver a enseñarle seguridad al sistema

Si entendemos que la ansiedad actual no es un error del organismo sino un sistema de supervivencia hiperactivado en un contexto simbólicamente amenazante, el trabajo terapéutico deja de ser una lucha contra los síntomas y pasa a ser un proceso de reeducación del sistema nervioso, de la mente y del psiquismo profundo.

Desde este lugar, distintas corrientes terapéuticas aportan herramientas complementarias:

  • Terapia cognitivo-conductual (TCC): se trabaja sobre las interpretaciones que disparan la respuesta de alarma y se utiliza la exposición gradual.
  • Mindfulness: se entrena la capacidad de habitar el presente y observar las sensaciones sin juicio.
  • Psicoanálisis: se aborda la dimensión subjetiva, los conflictos internos y las experiencias tempranas.
  • EFT (Tapping): se trabaja sobre la intensidad emocional y fisiológica a través de la estimulación corporal.
  • EMDR: se reprocesan memorias traumáticas que mantienen al sistema en estado de alarma.

Conclusión

La ansiedad, entendida desde esta perspectiva, deja de ser un enemigo a erradicar y se revela como un mensaje mal interpretado. Es el eco de un sistema antiguo que sigue intentando protegernos en un mundo que ya no se rige por las mismas amenazas. El problema no es sentir miedo, sino vivir atrapados en él, confundir exigencias simbólicas con peligros vitales y responder con el cuerpo como si la vida estuviera en juego a cada instante.

El trabajo terapéutico no consiste en silenciar la ansiedad, sino en enseñarle al organismo que puede bajar la guardia, que no todo es urgente, que no todo es mortal, que no todo exige una respuesta extrema. A través de la palabra, la presencia, la conciencia corporal y la elaboración emocional, se va reconstruyendo una sensación interna de seguridad.

En un mundo que empuja constantemente al rendimiento y la autoexigencia, aprender a habitar el presente se vuelve un acto profundamente terapéutico.


Moshe Ben Abad
Moshe Ben Abad
Psicólogo Certificado (M.A)

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