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La búsqueda de sentido (Sísifo y el absurdo)
Sentido Tiempo de lectura: 7 min.

La búsqueda de sentido (Sísifo y el absurdo)

La pregunta por el sentido de la vida acompaña la historia de la humanidad, pero adquiere una vigencia e intensidad particular en la actualidad. Siguiendo al sociólogo Zygmunt Bauman, podemos caracterizar a la modernidad actual como “líquida” e inmediata: las estructuras que antes organizaban la existencia —trayectorias de vida previsibles, roles estables, proyectos a largo plazo— se han vuelto frágiles, cambiantes e inconsistentes. Ya no habitamos un mundo “sólido” donde estudiar, trabajar, armar una familia y sostener una identidad a lo largo del tiempo aparecían como un camino relativamente claro, sino que nos movemos en un escenario de infinitas opciones, elecciones constantes y multiplicidad de caminos potenciales.

Esta expansión de posibilidades, lejos de garantizar una mayor libertad subjetiva, enfrenta frecuentemente al individuo con la dificultad de encontrarse a sí mismo. La ausencia de marcos estables, de puntos de referencia claros y de relatos compartidos deja al sujeto más expuesto a la incertidumbre y a la pérdida de rumbo. En este contexto, muchas personas llegan a la consulta psicológica con una sensación difusa de vacío, desconexión o agotamiento existencial. No siempre se trata de un síntoma claramente definido, sino de una vivencia profunda de estar “viviendo sin saber para qué”, acompañada de una dificultad para actuar en sintonía con un deseo de vida propio.

La corriente existencialista, tanto en filosofía como en psicología, se ocupa de la centralidad de esta preocupación. Pensadores como Friedrich Nietzsche, Albert Camus o Jean-Paul Sartre pusieron en el centro del debate las preguntas por el sentido, la libertad, la responsabilidad y la finitud humana. Desde esta perspectiva, el sentido no es algo dado de antemano o garantizado por estructuras externas, sino que es una construcción personal, dinámica y situada, que se redefine a lo largo de la vida.

La falta de sentido y la angustia en la vida moderna

La vida contemporánea tiende a estar organizada en torno al “hacer”: hacer más, hacer mejor, hacer más rápido. Las personas ocupan múltiples roles de manera simultánea —trabajador, padre/madre, pareja, amigo, estudiante— y sienten frecuentemente que deben “serlo todo” en todos los campos. Esta lógica de la exigencia constante deja poco margen para la contemplación, el silencio y el contacto con la propia vivencia interna.

En este escenario, el silencio y el aburrimiento suelen vivirse como algo incómodo, amenazante o incluso insoportable. Lejos de ser percibidos como espacios fértiles para el encuentro con uno mismo, se evitan rápidamente a través de la hiperactividad, la ocupación permanente del tiempo o el consumo incesante de estímulos. El aburrimiento, más allá de la mera falta de actividad, puede comprenderse como una vivencia donde el deseo está suspendido: nada convoca, nada llama, nada parece valer realmente la pena. En lugar de escuchar esa angustia, se tiende a taparla rápidamente.

Desde una mirada clínica, el aburrimiento puede leerse como una forma silenciosa de padecimiento del deseo. Allí donde el deseo no encuentra un canal propio, donde ha sido capturado por mandatos externos o asfixiado por la exigencia permanente, surge la sensación de vacío, de apatía o de desconexión. El sujeto se queda ocupado pero no implicado; activo pero no comprometido con algo que sienta como verdaderamente suyo.

Del "ser" al "tener"

En este marco, el “ser” va siendo desplazado gradualmente por el “tener”. Se instala una competencia invisible donde el valor personal se mide en términos de logros, productividad, consumo o acumulación de objetos. En la cotidianeidad, esta dinámica cobra fuerza como un intento de llenar el vacío existencial a través de lo exterior: posesiones materiales, reconocimiento, vivencias inmediatas o estímulos constantes.

Sin embargo, esta búsqueda suele terminar en frustración. Los objetos, los logros o el consumo pueden brindar un placer momentáneo y fugaz, pero difícilmente logran sostener un sentimiento de sentido o de plenitud a largo plazo. El vacío, lejos de llenarse, retorna una y otra vez, a veces con más fuerza, llevando a sentimientos de insatisfacción, cansancio, desgano o agotamiento emocional.

Albert Camus y el absurdo: El mito de Sísifo

Albert Camus describió esta tensión a través del concepto del absurdo: el enfrentamiento entre la necesidad humana de sentido y un mundo que no ofrece respuestas claras. Esta idea encuentra una de sus expresiones más potentes en “El mito de Sísifo”, donde Camus retoma la figura del héroe condenado a empujar eternamente una piedra hasta la cima de una montaña, solo para verla rodar hacia abajo una y otra vez.

Sísifo encarna simbólicamente la vivencia de muchos sujetos en la vida moderna: el esfuerzo permanente, la repetición, el hacer sin un fin a la vista, la sensación de estar atrapado en una rutina que no conduce a ninguna parte. En la clínica, este absurdo aparece cuando el paciente expresa frases como “tengo todo lo que se supone que me daría felicidad, pero no lo soy” o “siento que vivo en piloto automático”. No se trata de una patología en sí misma, sino de una crisis de sentido profundamente humana.

Desde una mirada existencialista, estos momentos de quiebre no deben ser evitados ni anestesiados rápidamente, sino comprendidos como oportunidades. Son señales de que el sujeto ya no puede seguir sosteniendo una vida basada únicamente en mandatos externos, en expectativas de otros o en automatismos que han perdido su significado.

Construir sentido: del "deber ser" al "ser auténtico"

Friedrich Nietzsche planteó con fuerza la necesidad de que el hombre se convierta en el creador de sus propios valores, una idea de gran relevancia en la práctica terapéutica. Muchas personas viven atrapadas en un “deber ser” que nunca fue elegido verdaderamente: carreras sostenidas para satisfacer expectativas familiares, vínculos mantenidos por miedo a la soledad, estilos de vida que responden más a ideales sociales que a deseos auténticos.

La construcción de sentido requiere, en primer lugar, detenerse. Frenar la inercia, el ruido exterior y la urgencia permanente. Requiere preguntarse quién soy más allá de los roles que cumplo, qué es lo que realmente me importa y qué valores guían mis decisiones. Estas preguntas no tienen respuestas rápidas ni definitivas, y es precisamente allí donde el espacio terapéutico adquiere su valor.

En psicoterapia, el trabajo no consiste en ofrecer respuestas cerradas, sino en acompañar un proceso de indagación. El terapeuta existencialista no se ubica como un experto que indica “cómo se debe vivir”, sino como un “otro” que facilita el encuentro del paciente consigo mismo. A través del diálogo, la observación y la experiencia emocional compartida, el consultante comienza a integrar estas preguntas en su vida cotidiana.

El sentido no se encuentra de una vez y para siempre; se construye en las elecciones concretas, en la manera en que se establece un vínculo y en la forma en que se asume la libertad y la responsabilidad de ser quien se es. Incluso el sufrimiento, desde esta mirada, puede cobrar un sentido cuando es reconocido, elaborado y puesto en relación con la historia y los valores personales.

La psicoterapia como espacio seguro para las preguntas fundamentales

Una condición fundamental para este proceso es la existencia de un espacio seguro. En la vida diaria no siempre hay lugar para expresar dudas profundas, miedos existenciales o sensaciones de vacío. Muchas personas temen ser juzgadas, no ser comprendidas o que se minimicen sus inquietudes al intentar hablar de estas cuestiones.

El espacio psicoterapéutico ofrece una pausa en el vértigo cotidiano: un tiempo y un lugar donde no es necesario producir, rendir ni cumplir expectativas. Allí, las preguntas por el sentido pueden ser alojadas sin prisa, respetando el ritmo singular de cada persona.

La experiencia clínica indica que cuando el paciente logra integrar estas preguntas —en lugar de evitarlas— se produce un movimiento interno significativo. Las dificultades no necesariamente desaparecen, pero cambia la relación con ellas. El sujeto comienza a vivir con una mayor coherencia interna, con un mayor sentimiento de rumbo y de autenticidad.

Conclusión

La búsqueda de sentido no es un lujo intelectual ni una preocupación abstracta; es una necesidad humana profunda. En una sociedad que empuja permanentemente hacia el hacer y el tener, la invitación existencial es volver al ser. Atreverse a preguntar por el sentido de nuestra vida, aun cuando las respuestas no sean evidentes, constituye en sí mismo un acto de responsabilidad y de autenticidad.

La psicoterapia, desde una mirada existencial, se ofrece como un espacio privilegiado para este encuentro. No promete soluciones mágicas ni recetas universales, sino un acompañamiento respetuoso y profundo en el proceso de construir una vida con significado propio.

Al final, vivir con sentido no significa eliminar la incertidumbre, sino aprender a habitar en ella. Y en ese camino, el espacio terapéutico puede transformarse en un lugar de crecimiento, de integración y de reencuentro con lo esencial.


Moshe Ben Abad
Moshe Ben Abad
Psicólogo Certificado (M.A)

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En terapia podemos detener la inercia, hacernos las preguntas importantes y construir juntos una vida con mayor sentido y autenticidad.